Durante años, las grandes marcas nos enseñaron que el éxito era perfecto.
Los anuncios de Coca-Cola no vendían únicamente una bebida. Vendían momentos perfectos. Familias perfectas. Amigos perfectos. Veranos perfectos donde todo parecía fluir sin sobresaltos.
Hoy la comunicación ha cambiado.
Las empresas más admiradas ya no intentan parecer infalibles. Han entendido que reconocer un error genera más confianza y esa idea me hizo pensar en nuestro trabajo.
Hace años que acompañamos a estudiantes y familias durante uno de los procesos más importantes de sus vidas: elegir qué y dónde estudiar.
Es una decisión que mezcla ilusión, miedo, expectativas, presión y muchísima incertidumbre. Sin embargo, durante mucho tiempo hemos contribuido, quizás sin querer, a vender una imagen del proceso que realmente no existe.
Como si aplicar a una universidad fuera una línea recta. Como si existiera una universidad perfecta esperando a cada estudiante. Como si las universidades nunca cometieran errores administrativos. Como si las plataformas nunca fallaran. Como si los plazos nunca cambiaran sin previo aviso. Como si todos los estudiantes que hoy aparecen sonriendo en una fotografía hubieran recorrido un camino impecable.
Y esto no es verdad.
“La idealización es un mecanismo de defensa”
Siento que esta frase también explica lo que ocurre en los procesos de admisión universitaria. Idealizar el proceso nos tranquiliza.
Pensamos que, si hacemos todo bien, el resultado va a ser exactamente el que imaginamos. Pero la realidad es otra.
Hay universidades que cambian criterios de admisión a mitad del proceso. Hay documentos que desaparecen de las plataformas. Hay respuestas que tardan más semanas de lo previsto en llegar. Hay estudiantes brillantes que son rechazados y hay otros que terminan entrando en universidades que nunca habían considerado.
Solemos ver la fotografía final. La publicación de Instagram, la carta de admisión, la familia celebrándolo muy al estilo anuncio de Coca-Cola.
Vemos al estudiante que acaba de ser admitido en Columbia y damos por hecho que ese era su sueño desde el principio.
Pero esa fotografía no nos cuenta que Columbia era su tercera opción. Que antes recibió varios “no”. Que la carrera que realmente quería estudiar no tenía plazas. Que tuvo que replantearse su proyecto o que estuvo a punto de abandonar el proceso por completo.
Detrás de cada fotografía de éxito suele haber una historia llena de dudas y eso está bien porque así es la vida.
Con el tiempo también nosotros hemos entendido que perseguir la perfección es una trampa y que no podemos prometer un proceso perfecto sin sobresaltos ni imprevistos. No podemos prometer que cada decisión será sencilla y tampoco tenemos una bola de cristal.
Pero sí podemos comprometernos con lo siguiente:
Acompañamiento incondicional en cada paso del camino.
Experiencia y serenidad cuando aparezcan problemas.
Tranquilidad y enfoque estratégico cuando llegue la incertidumbre.
Decir la verdad, incluso cuando no sea la que el estudiante o la familia quieran escuchar.
Buscar alternativas y planes de contingencia cuando un camino se cierre.
Y seguir caminando junto a cada familia hasta encontrar el lugar donde ese estudiante pueda florecer.
Porque, al final, nuestro trabajo nunca ha consistido únicamente en conseguir una carta de admisión. Nuestro trabajo consiste en acompañar a personas, y las personas vivimos momentos imperfectos.
Quizás esa sea la mayor lección: no necesitamos procesos perfectos, necesitamos personas que sepan acompañarnos cuando dejan de serlo. Y ahí es donde realmente empieza nuestro trabajo.
